martes, 17 de diciembre de 2013

Alejandra Iturralde, 24 años.

“Cuando leí ese mail, lo primero que pensé fue cómo podía ser que alguien fuese tan malo”


Hace varios años ya, corrió vía email un correo electrónico que pretendía alertar a la ciudadanía cinéfila de una nueva amenaza en su espacio recreativo: el cine. El peligro consistía en que se habían dado casos de personas que, despreocupadamente iban a las salas de cine y que después de sentarse en las butacas, se levantaban debido a un pinchazo sólo para descubrir una aguja o jeringuilla junto a un mensaje que decía: “Bienvenido al mundo del SIDA”.


No estoy segura de cuál habrá sido mi reacción al momento de leer el mail, no me acuerdo con exactitud. Sólo sé que reenvié por si acaso y digamos que me olvidé del asunto, al menos hasta que me tocó ir al cine. Como el mail de la jeringuilla no me llegó solo una, sino varias veces, en todas me tocó recordar el peligro de sentarse en las butacas. En cierta ocasión me quedé de pie pensando cómo revisar el cojín del asiento sin usar las manos, o si debía poner mi suéter o cartera y sentarme encima, no sé qué más. Finalmente, tan dudosa estaba que salí a coger uno de esos asientos para niños (que son de plástico y sirven para que los niños estén más alto y puedan ver) y lo coloqué sobre el cojín de tela. Los amigos con los que estaba se burlaron de mí y me llamaron exagerada, pero creanme que la tranquilidad que sentí por haber evitado sentarme en lo que posiblemente podría haber sido un infierno superó con creces cualquier ridículo que haya podido haber hecho ese día.

¿Qué otra solución? La verdad es que después me puse a leer cuánto tiempo vive el virus del Sida en el aire, y fue sólo entonces que más o menos me quedé más tranquila, pues no es mucho tiempo. Pero igual, cuando me acuerdo de la bendita historia de las agujas en serio reviso el asiento con la linterna del celular al menos.

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